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Reserva del 65, autoestima del 26

Hasta ese momento, la velada transcurría con normalidad. Una mesa, una botella y una conversación tranquila. Pero bastó levantar la copa para que comenzara a describirse con un vocabulario que, hasta entonces, su acompañante solo había escuchado en las visitas a bodegas.

—Tengo carácter, cuerpo y un final persistente.

Ella lo miró con la serenidad de quien conoce perfectamente la añada.

—Sobre todo persistente. Llevas veinte minutos diciendo que esa camisa te queda como cuando nos conocimos.

Él decidió pasar por alto aquella nota de cata. Se sentía elegante, interesante y ligeramente misterioso. La barriga dejó de ser barriga para convertirse en «volumen en boca». Las canas eran «señales de evolución». Y aquella costumbre de quedarse dormido después de comer respondía, al parecer, a una «necesidad de reposo en condiciones controladas».

Todo encajaba.

Los años tampoco pesaban: aportaban complejidad. Aunque ella recordaba que la última vez que intentó demostrar su complejidad levantándose del sofá, tuvo que apoyarse en la mesa y emitir tres sonidos que ningún sumiller ha logrado clasificar.

—Los buenos vinos necesitan tiempo —insistió él.

—Y tú necesitas las gafas para leer la carta.

La observación introdujo cierta acidez en la conversación, pero nuestro protagonista mantuvo el equilibrio. Al fin y al cabo, un hombre con experiencia sabe que no debe discutir con quien conserva fotografías de todas sus etapas de maduración, incluida aquella de bigote y pantalones blancos.

Para recuperar el tono romántico, tomó la copa, la observó al trasluz y anunció:

—Lo mejor de mí todavía está por descubrir.

Ella sonrió.

—Pues empieza por descubrir dónde dejaste las llaves.

La cena terminó entre risas. Él siguió convencido de que había mejorado notablemente. Ella reconoció que estaba más simpático, aunque atribuyó buena parte del mérito a que, por una vez, había dejado el móvil en el bolsillo.

La botella quedó sobre la mesa. Nuestro galán se levantó, metió barriga y ofreció el brazo a su acompañante con solemnidad.

Fue entonces cuando un botón de la camisa salió disparado.

La crianza era buena. El embotellado necesitaba más espacio.

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