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Sumiller despliega una enorme carta de vinos mientras dos comensales intentan elegir en un restaurante.

La pareja inició la búsqueda antes del primer plato. Cuando llegó el principal, todavía comparaba dos vinos separados por cuarenta páginas y tres metros de papel. El camarero, acostumbrado a la situación, ha aprendido a saltar la carta sin derramar las bandejas y el chef ya sirve los platos a temperatura de lectura.

Finalmente, los comensales pidieron recomendación al sumiller. Él sonrió, cerró el pergamino y contestó que cualquiera estaba bien… salvo el agotado.

El texto y la imagen utiliza la exageración para bromear sobre esas cartas de vinos tan extensas que, en lugar de ayudar, pueden complicar la elección. La imagen de una carta que atraviesa todo el comedor convierte una situación habitual en una escena absurda y divertida.

También juega con expresiones propias del mundo del vino, como regiones, añadas, variedades o «agotado», palabra que funciona con doble sentido: puede referirse tanto a un vino sin existencias como al estado de los clientes después de buscar durante tanto tiempo.

En el fondo, el texto recuerda que una buena carta no solo debe ofrecer variedad, sino también facilitar la decisión. Ahí resulta fundamental el trabajo del sumiller, capaz de orientar al comensal y encontrar rápidamente un vino adecuado para el plato, el gusto y el presupuesto. Porque elegir bien enriquece la comida; tardar hasta el postre en hacerlo puede acabar dejando el vino para el café.

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